Yukio Mishima (1925-1970), cuyo verdadero nombre era Kimitake Hiraoka, fue un escritor excepcional y muy prolífico, con casi 250 obras literarias publicadas, de la que se puede destacar la tetralogía El mar de la fertilidad.
Su vida y obra fueron desafiantes frente a una sociedad que consideraba en decadencia. Por ello se suicidó mediante el seppuku (abriéndose el vientre) en 1970. Un año antes de su muerte, el recién elegido Premio Nobel de Literatura de 1969, su compatriota Yasunari Kawabata, declaró: “No comprendo cómo me han dado a mí el premio Nobel existiendo Mishima. Un genio literario como el suyo lo produce la humanidad sólo cada dos o tres siglos. Tiene un don casi milagroso para las palabras”.
“Durante muchos años afirmé que podía recordar cosas que había visto en el instante de mi nacimiento. Cuando decía eso, los mayores, al principio, se reían; pero luego se preguntaban si intentaba burlarme de ellos, y miraban con desagrado la pálida cara de aquel niño tan poco infantil. A veces lo decía en presencia de visitantes que no eran íntimos de la familia y, en esos casos, mi abuela, temerosa de que me tomaran por idiota, me interrumpía secamente y me ordenaba que fuera a jugar a otra parte.” Primer párrafo de su primera autobiografía Confesiones de una máscara.
La madre de Mishima era hija de un director de escuela y provenía de una familia de eruditos confucianos. Su padre era funcionario del Estado y llegó a ser director general de pesca. Su abuelo paterno fue gobernador de una isla, aunque posteriormente perdió el puesto y la fortuna. Sin embargo, la figura clave de la infancia de Mishima será su abuela paterna, Natsu, que era del clan de los Nagai, un linaje de la nobleza japonesa que perdió sus títulos en la restauración imperial de 1868.
Su padre, funcionario ministerial, no veía con buenos ojos las inclinaciones literarias de su hijo. El pequeño Mishima escribía cuentos desde los cinco años. Un día, cuando éste tenía ocho años, su padre le arrancó de las manos un cuaderno donde había escrito varios cuentos y lo rompió en un ataque de ira. En aquella época, años treinta en Japón, ser escritor o actor se consideraba una posición degradante, algo que quizás sólo se podía practicar como mera afición.
Su padre odiaba los gatos, razón por la cual vivió durante muchos años rodeado de ellos.
Así pues, Mishima se dedicó a ocultar su afición a su padre, mientras que a su madre le enseñó desde niño y durante toda su vida todo lo que escribía. Su madre era la única persona de su entorno que entendía su forma de ser, ya que como hijo de funcionario su destino profesional parecía prefigurado.
Desde los cinco años iba al Colegio de Nobles. Ese Colegio se fundó en el s. XIX para dar educación de corte occidental a los miembros de la familia imperial y a los de la alta nobleza. Allí entraban los hijos de los nobles por el mero hecho de su condición y solían tratar con desdén a los profesores, de condición social más baja. Cuando Mishima ingresó, las condiciones para entrar se habían ampliado. Su ingreso lo logró su abuela por la excepcional precocidad de su nieto. Allí desde el principio se sentirá solo y desgraciado, marginado por su condición social y rechazado por el grupo de su edad.
Su bloqueo emocional es intenso, lo que se traduce en un rendimiento escolar mediocre, incluso en el terreno del lenguaje, precisamente donde es tan precoz. Por su delicada salud se le exime de la clase de gimnasia; no comparte el menú de la escuela y le traen la comida de casa; no hace el internado obligatorio de un año; no va a las excursiones escolares… Sus seis primeros años de colegio son tremendamente amargos.
Desde el principio, él, que utiliza las palabras como un juego, intenta desesperadamente acercarse a sus compañeros, que no le entienden y se burlan de su forma de ser: enfermizo, tímido y asustado. Le apodan “el pálido” y “vientre de culebra”. Y encima su tutor, que es, en palabras de Juan Antonio Vallejo-Nágera, “un cretino con ideas propias sobre la educación, quien encuentra que “para su bien” conviene humillarle, evitando que se envanezca, poniéndole malas notas, incluso en Literatura, y así “curar su desagradable precocidad””.
Sin embargo, a los doce años cambia de maestros y éstos descubren a todo un talento, y le permiten expresarse. Cuando cambia la actitud de sus profesores, también cambia la de sus compañeros, que empiezan a respetarle. Es admitido en el Club Literario del colegio y allí se convierte en la mascota, el niño prodigio entre alumnos de cursos superiores, maestros y escritores de fama. Allí le publican desde los doce años sus poemas, y a los dieciséis se inicia en un periódico la serialización de una novela suya, caso sin precedentes en aquel momento.
A esa edad ya estaba familiarizado con los clásicos españoles, así como con escritores como Cocteau, D’Annunzio, Radiguet… viviendo en el Japón de 1937.
No obstante… él quiere “parecer vulgar”, por lo que lleva una doble vida. Niño prodigio por un lado y alumno normal que intenta ocultar a los otros alumnos sus actividades literarias.
Terminó el bachillerato como el nº 1 de su promoción, con seis novelas acabadas, un libro de poesía y tres ensayos literarios.
Por aquella época, le escribió a un amigo en referencia a una crítica: “…dice que no soy precoz ni un genio, sólo un engendro desagradable, y puede que tenga razón… cuando me contemplo en el espejo me detesto pensando: mira este tipo, pálido y enfermizo que sólo sabe hablar de literatura…, por eso procuro tratar con personas que ignoren que escribo, y portarme con ellas como un estudiante de bachillerato cualquiera…, pero lo cierto es que me he ido convirtiendo en un ser raro y despegado de todo y de todos, a quien sólo le importa escribir”.
En 1944 el Emperador del Japón le regaló un reloj de plata por ser precisamente el nº 1 de la promoción de ese año. Hacia el final de la II Guerra Mundial fue seleccionado para morir como un kamikaze, para estrellar un avión que él mismo pilotaría contra un barco norteamericano. Irónicamente, en la revisión médica el doctor creyó, ante una elevada fiebre producto de una gripe mal curada, que Mishima era tuberculoso, por lo que fue rechazado.
A los 29 años un libro suyo, El rumor de las olas, fue escogido como texto de referencia para la enseñanza de la lengua japonesa por el Ministerio de Educación.
(Fuentes: Juan Antonio Vallejo-Nágera, Mishima o el placer de morir, Planeta, Barcelona, 1990. Yukio Mishima, Confesiones de una máscara, Espasa Calpe, Madrid, 2007. Yukio Mishima, Sed de amor, Caralt, Barcelona, 1984.)