Físico alemán (1879-1955), se nacionalizó estadounidense en 1940. Le hicieron famoso tres descubrimientos. Utilizando el cálculo de probabilidades del movimiento browniano, estableció la teoría y obtuvo un valor del número de Avogrado (1905). El mismo año, aplicando la teoría cuántica a la energía luminosa, formuló la hipótesis de los fotones, pudiendo así explicar el efecto foto-eléctrico y descubrir sus leyes. Es conocido especialmente por su formulación de la teoría de la relatividad, compuesta de tres partes: la relatividad limitada (1905) que modifica las leyes de la mecánica newtoniana e introduce la equivalencia entre masa y energía; la relatividad general (1916), teoría de la gravitación relativa a un universo de cuatro dimensiones, curvado y finito y, finalmente, un ensayo sobre la teoría del campo unitario. Premio Nobel de Física en 1921.
El 14 de marzo de 1879 nació Albert Einstein en la ciudad bávara de Ulm. Era el primogénito de Herman Einstein y Pauline Koch, un matrimonio de judíos alemanes que regentaban un pequeño negocio de electrotécnica. Cómo no les iba muy bien, antes de que Albert cumpliera un año se trasladaron a Munich.
A pesar de ser judíos, Herman era escéptico en materia religiosa. Dejó la enseñanza de la religión judía de su hijo en manos de un pariente lejano, y envió al pequeño Albert a una escuela primaria católica. Ya a los cuatro años era un niño quieto y ensimismado, que no se relacionaba con los otros niños de su edad.
Le gustaba permanecer solo y sentado en un rincón, levantando construcciones con tacos de madera. Le interesaban los trabajos manuales, como manejar una sierra de marquetería. Era perfeccionista y metódico. Su hermana pequeña, Maya, describió una vez cómo actuó en el terreno del lenguaje:
“Albert procedía como si cada palabra tuviéramos que arrancársela penosamente de sus labios. Nuestros padres se desesperaban, pues durante mucho tiempo pareció que nunca aprendería a hablar correctamente. Cuando ya había cumplido los siete años, Albert aún repetía tenazmente en voz baja y para sí, las pequeñas frases que los mayores nos enseñaban. Y no lo tomaba a juego, como yo misma, sino que lo hacía sumido en un profundo asombro ante el mundo nuevo que se abría ante él y que parecía acosar a su mente con sus misterios.”
A pesar de que huía de los juegos de los demás niños, cuando éstos veían que era necesario aclarar una disputa, le elegían a él como árbitro o juez de la cuestión, ya que confiaban en su sentido de la justicia.
En la escuela no le iba mejor con sus maestros. Cuando le preguntaban, no contestaba, e inevitablemente se enfadaban porque no reaccionaba como esperaban:
“¡Este niño es tonto! No es capaz de aprender las cosas más sencillas. ¡Mírenle ahí, callado como un muerto!” Silencio. La clase quedaba interrumpida. “¡Albert! ¡Haz el favor de contestar rápidamente! ¡Te hice una pregunta!” Silencio. Albert ni se movía ni daba señales de entender. Como si el maestro le hablara a otro. La clase estaba interrumpida y alborotada. “¡Levántate! ¡Camina! Sal al pasillo y permanece allí hasta el mediodía.” Esta vez sí que Albert obedecía. Aquello era mejor que recibir los bastonazos del maestro, y lo prefería a permanecer en el aula tratando de responder a preguntas absurdas como un loro. Era mejor el frío exterior.
Esa tardanza en la respuesta se debía al cuidado que ponía Albert en todo lo que decía. Lo que saliera de su boca quería que fuera verdadero y exacto, y para eso necesitaba pensar, no responder automáticamente y quizás cualquier cosa para salir del paso. No valoraban el esfuerzo por responder inteligentemente, sino esterotipadamente.
Tras soportar los castigos, insultos y burlas tanto de maestros como de alumnos, Albert podía encontrar en su casa un ambiente muy distinto. Cuando llegaba a casa le esperaban su hermana y su madre, que le colmaban de atenciones. Su casa estaba siempre llena de parientes, judíos y comerciantes como ellos.
Esta familia pequeño-burguesa realizaba con frecuencia excursiones los fines de semana a los lagos y montañas de Baviera. Albert disfrutaba mucho con esta actividad: le encantaba caminar por la montaña, por los bosques. Se quedaba absorto contemplando las “venas” como decía él de las hojas. En las posadas siempre pedía su plato favorito: salchichas. En aquellos parajes aprovechaba para sentarse y quedarse meditando sobre todo lo que veía: tanto el movimiento del agua como las lejanas estrellas.
Un día, en una de esas excursiones, su tío Rudy dijo a sus padres: “¿Cómo es tan serio vuestro chico? Miren como todos los demás niños ríen y juegan, embromándose, mientras Albert sigue ahí sentado y mirando no sé el qué. Mi hijita Elsa es de su misma edad y es muy alegre. Él, simplemente, se sienta y se pone a mirar a lo lejos o a través del lago.” A lo que respondió su madre: “Está pensando. Esperen y ya verán. ¡Albert un día será un profesor!” Todos pensaron que era una optimista, ya que si incluso los estudiantes más aplicados no podían soñar con serlo, qué decir de un niño poco estudioso y distraído.
Los juguetes tampoco le interesaban. Así como su hermana jugaba con muñecas o cochecitos, Albert se escondía en los rincones más apartados del jardín de su casa, contemplando las plantas y las hormigas horas y horas. Pero una vez sí que se interesó por un “juguete” que le trajo su padre. Albert estaba en la cama acatarrado, y su padre le dio, pensando que quizás le distraería, una brújula que había visto en una tienda. El pequeño giraba y regiraba la caja, y la tozuda aguja indicaba siempre hacia el mismo sitio. Aquello excitó su curiosidad y le preguntó a su padre, feliz porque veía “jugar” a su hijo:
“- Papá… ¿Qué es lo que hace que la aguja señale siempre en una dirección?
- Bueno, yo… Creo que no lo entenderías, hijo mío. Es el magnetismo de la Tierra el que la atrae.
- ¿Has dicho el magne… magnetismo, papá? ¿Por qué?
- Es tan sólo una fuerza desconocida que tiene un nombre caprichoso. No te importen esas cosas y juega con la cajita. ¡Diviértete, hijo mío!
- Pero no me has dicho por qué hace eso la aguja.
- No…, no te lo he dicho. Será mejor que se lo preguntes a tu tío Jacob. Él sabe más que yo de estas cosas.”
El tío Jacob compartía el negocio de la electrotecnia con Herman, siendo éste el ingeniero técnico, mientras que el padre de Albert se ocupaba de lo demás. Su tío procuraba responder pacientemente a los innumerables porqués del pequeño, que durante horas y horas “jugó” con esa brújula y tomando conciencia de que en el mundo había fuerzas que no podían ser vistas ni tocadas, pero que actuaban. Éste le había explicado que el espacio estaba vacío, pero si existía esa fuerza…
“- ¡Entonces no está del todo vacío, tío! Exclamó Albert, deduciendo por sí mismo.
- No del todo, Albert, pero son cosas muy complicadas en las que ahora no debes pensar.
- ¿Por qué no debo pensar en ellas?
- Porque… ¡Oh, sobrino! A veces te muestras irritante.”
Después de esa conversación, guardó silencio y ya no volvió a preguntar más sobre el magnetismo. Esa brújula se convirtió en su objeto más querido y el que le hizo entrar de un modo más decidido en el mundo de la Ciencia.
Pese a su curiosidad y su sentido de la observación, no destacaba nada en la escuela. Con nueve años insistía en no contestar si no estaba absolutamente seguro de lo que iba a responder, a pesar de los castigos o azotes. Por ello se ganó el mote de “El honrado Hans” entre los alumnos. A los diez años empezó la educación física, los deportes y la gimnasia. Albert solicitó que le dispensaran de ella para tener más tiempo para pensar.
“- ¿Pensar en qué, Albert? Decían sus extrañados maestros.
- En cualquier cosa. En algo que merezca la pena y que hasta ahora constituya un misterio. Respondía.”
En la asignatura de matemáticas superó en mucho a sus compañeros. Halló una solución al teorema de Pitágoras distinta a la usual, y en pocas semanas dominó toda la materia que se estudiaba durante el curso, estudiándola por su cuenta.
En el terreno musical también demostró poseer aptitudes particulares. A los seis años aprendió a tocar el piano gracias a su madre, con la que solía tocar composiciones de Mozart y Beethoven.
Poco después ingresó en el Instituto de Munich, donde prosiguió su mediocre carrera estudiantil. Que acabó de esta manera: Un día, harto un profesor de luchar con su actitud, le dijo que prefería que no viniera más a sus clases, ya que le molestaban sus continuas preguntas. Albert replicó:
“- ¡Pero si yo no tengo la culpa de que me manden, señor! Por mí, créame que tampoco vendría aquí a perder el tiempo.
- ¿Cómo dice, jovencito? Su sola presencia en la clase basta para destruir todo respeto. ¡Váyase!”
Y el futuro Premio Nobel tuvo que abandonar el Instituto ¡por torpe!
Años después, cuando ya era una celebridad, comentó:
“A mi juicio, lo peor es que una escuela se base por principio en los métodos del temor, de la fuerza y de una autoridad mal entendida. Tales métodos destruyen el sano juicio y el sentido de la justicia, al mismo tiempo que la confianza del alumno en sí mismo; sólo son aptos para producir súbditos sumisos, sin voluntad propia.
El fracaso escolar de Albert coincidió con la quiebra del negocio familiar. Así que decidieron venderlo todo e irse a Milán, donde tenían familia que les podría ayudar a empezar de nuevo. Sin embargo, sus padres pensaron que ese traslado trastornaría más los estudios de su hijo, que entonces contaba quince años, por lo que decidieron dejarle en una pensión en Munich, para que acabara su etapa en el Instituto. Cuando se discutió con sus maestros, se las arregló para conseguir que su médico le hiciera una nota indicando que necesitaba un descanso por su mala salud. De este modo pudo viajar a Italia, donde se reunió con su familia de nuevo.
En aquella época fue cuando descubrió el placer de la lectura, en una colección de libros llamada “Libros populares de Bernstein sobre Ciencias Naturales”, donde encontró muchas respuestas que sus maestros no habían sabido darle. Allí encontró plasmadas materias y datos sobre plantas, animales, nubes, meteoros, volcanes, astronomía, etc. Descubrió la geometría, dominando sus secretos en menos de dos semanas y logrando resolver cantidad de problemas que se le planteaban. Su hermana dijo años después:
“¡Así sí le gustaba estudiar! Libre de la férrea y rígida disciplina de aquellos maestros alemanes tan absurdamente autoritarios. Libre de castigos injustos, de amonestaciones absurdas y de explicaciones confusas, que no le aclaraban a mi hermano su inmenso afán por conocer y saber el porqué de todas las cosas.”
Allí, con su hermana y un grupo de amigos italianos, realizaban excursiones, donde se divertía explicando chistes y adivinanzas, aunque solía desaparecer para irse a leer bajo una roca o un árbol. Y lo que más le gustaba era caminar y ver. Un día se fue de viaje, él solo a pie, por Italia, por el simple deseo de ver cosas. Avanzó hacia el sur y visitó Génova, Pisa y Florencia. Cuando regresó a Milán, había malas noticias: el negocio familiar no iba bien y se planeaba otro traslado a la ciudad de Pavía.
La falta de dinero para que prosiguiera sus estudios hizo que su padre le planteara seriamente la necesidad de clarificar su futuro:
“- Hijo mío… Ha llegado la hora de que te fijes una meta. Debes concentrar tus esfuerzos en algo práctico. ¡Pensar!
- Pero, padre… ¡Si precisamente nunca dejo de pensar!
- Me refiero a que pienses en la forma que te permita ganarte la vida.”
Aquel día el joven Albert se sinceró con su padre y le confesó que a él le interesaban la astronomía, la física, la química, las matemáticas superiores… el universo entero y sus leyes.
“- ¡Pero eso es soñar, hijo mío! Y soñar en cosas que no son prácticas, que no dan dinero.
- Es que no me preocupa el dinero, padre. ¡Es una cosa tan insignificante!
- Pero se necesita para vivir.
- Yo no; sabes que me conformo con muy poco.”
Albert dijo que nunca más volvería a estudiar donde le obligasen por medio de castigos y amenazas, aunque tuviera que renunciar a los estudios para siempre. Dijo que no quería formar parte de aquello que llamaba “la caza”:
“- Me refiero a “la caza” por el dinero; “la caza” por la posición; “la caza” por alcanzar puestos privilegiados en la sociedad; “la caza” por el prestigio, las comodidades personales; “la caza” por la fama, que no hace nada más que, en la mayoría de los casos, envilecer a los que se afanan por lograr todo eso, vendiendo su propia independencia, su propio honor, su propia vida… ¿Comprendes, padre?”
Para su padre y los demás, Albert era un soñador, indiferente a los asuntos prácticos, descuidado frente a las normas y la disciplina sociales, y sin ambiciones personales.
Decidieron que estudiaría alguna carrera en alguna rama técnica. Albert se negó a seguir sus estudios en Alemania, por lo que finalmente se matriculó en la Escuela Cantonal de Aarau, en Zurich, Suiza. Ello fue posible porque un tío suyo que vivía allí accedió a concederle una pensión de cien francos suizos mensuales. Lo hizo impulsado por el sentimiento de responsabilidad familiar que existía entonces, y más entre los judíos. Si bien esa suma era poco para vivir, no representó ningún problema para él.
Una vez allí, se dio cuenta de que era la mejor decisión que había tomado: en Aarau los profesores no exigían los continuos ejercicios de absurda memorización; sin aburrimiento, tedio o castigos en las clases; había debates libres entre alumnos, un profesor distinto para cada materia; y había libre acceso a los equipados laboratorios. De hecho ese cantón era llamado “el Cantón de la Cultura”, y de allí salieron grandes hombres de ciencia europeos.
Hans Byland, que más tarde fue profesor de gramática, y alumno en Aarau un año mayor que Albert, declaró años después:
“En la atmósfera que reinaba entre nosotros los estudiantes, no caía mal Albert Einstein, donde pronto empezamos a apreciarle por su desenvoltura. Además, su originalidad le distinguía de todos. Con su fieltro gris echado hacia atrás sobre su abundante y sedosa cabellera negra, andando enérgico y seguro, con esos movimientos rápidos, incluso diría arrebatados, del espíritu infatigable que en sí mismo lleva un mundo de ideas encerrado. Nada escapaba a la penetrante mirada de aquellos grandes ojos pardos que derramaban la claridad del sol.
Todo el que se le acercaba quedaba fascinado ante su personalidad superior. Un rasgo burlón, perceptible en su boca abultada, de labio inferior prominente, no animaba al hombre vulgar a entablar diálogo con él. Sin someterse jamás a barreras convencionales, se enfrentaba al modo de ser del mundo con mentalidad de filósofo risueño, y su burla chispeante fustigaba despiadadamente a toda vanidad y toda afectación. En el diálogo era él quien cedía. Su gusto, equilibrado a causa de sus viajes, pues sus padres aún vivían en Italia, le confería seguridad en sus juicios. Exponía sin timidez su punto de vista personal, sin cuidarse si iba a lastimar a alguien o no, porque honradamente creía en lo que exponía. Ese denuedo para la verdad imprimía un sello a toda su personalidad y, a la larga, llegaba a imponerse al adversario.
No tomaba en serio ni la vida en sociedad, entonces tan floreciente, ni la costumbre tan extendida entre los estudiantes de tomar cerveza. “¡La cerveza vuelve a la gente estúpida y perezosa!”, solía decir. Por eso, a sus diecisiete años Albert Einstein se “embriagaba” con la “Crítica de la Razón Pura” del filósofo Kant y había elegido ya, como próximo campo de sus investigaciones, la física teórica… Un día nos reunimos en el comedor de la casa de los estudiantes y, más animado que de costumbre, Albert se puso a tocar sonatas de Mozart con su violín. Debo decir que gracias a su magistral ejecución, por primera vez apareció ante mí el auténtico Mozart. Cuando su violín empezó a sonar, el aposento pareció ensancharse y me hizo exclamar; “¡Esto es delicioso! ¡Tenemos que repetirlo!” ¡Qué interpretación tan fogosa y llena de delicados matices! Apenas podíamos reconocer todos a Albert, al serio, solitario y taciturno Albert Einstein. Y, sin embargo, el burlón genial que solía ofender a muchos con sus preguntas y respuestas, estaba allí tocando para nosotros. Y es que Albert era de esa naturaleza doble que se sabe proteger con una envoltura espinosa, para defender el delicado recinto de su vida afectiva.”
Un profesor llamado Winteler en cierta ocasión, viendo la solitaria vida que llevaba, le invitó a cenar a su casa. Al final acabó por instalarse y convivir con la familia de ese profesor. En esa casa se solía tocar música por la noche, y Albert participaba tocando su violín.
Al final logró su diploma e ingresó en la Universidad Politécnica de Zurich, cuyo equipo directivo solo veía en ese Einstein a un joven mal vestido, melenudo, de mirada grave y ligeramente encorvado. Más tarde apreciaron que era muy reservado y de conversación limitada. Pensaron que quizás era algo retrasado, pero vieron su diploma y quedó debidamente inscrito.
Alquiló el cuarto más barato que encontró en Zurich, y sobrevivía comiendo en restaurantes de segunda y tercera categorías, aunque no le importaba pasar hambre algunos días. Iba a pie a todos los sitios y no le importaba el aspecto de su vestimenta.
Allí asistía a conferencias, si bien de un modo anárquico. La mayor parte del tiempo lo pasaba en los laboratorios de la Universidad y estudiando en su cuarto. No tomaba parte de la vida social ni se preocupaba de hacer amistades. Aunque a veces renunciaba a comer para poder asistir a algún concierto que le interesaba.
El profesor de las clases de matemáticas superiores, Minkowski, quiso convencerle de que se especializase en esa temática, pero Albert declinó porque “no se sentía bastante preparado”.
Un compañero de la Universidad, Marcel Grossmann, que sentía un gran aprecio por Albert, una tarde le invitó a un café y le hizo memoria sobre sus deberes académicos:
“- Bueno, Albert… La semana próxima tenemos que hacer frente a los exámenes.
- Sí, Marcel… ¡Los exámenes! ¡Cómo los temo! Qué desdichado asunto es ése de los exámenes. Atestar y rellenar absurdamente las mentes con cosas tomadas de los libros, que no hacen nada más que trastornar completamente las propias ideas que pueda tener uno. Para mí, es como si un hacha pendiera en lo alto y los exámenes fueran a soltarla… Y si cae, Marcel… ¡Si cae sobre mí me excluirán de la Universidad! ¡Y por tonto!”
Ante ello, éste decidió ayudarle y le dio todos los cuadernos que tenía llenos de apuntes de todas las conferencias y clases a las que no había asistido Albert, gracias a los cuales pudo superar los exámenes durante los cuatro años de carrera. Así evitó ir a clases sobre materias que no le interesaban, o que habrían entorpecido su labor investigadora.
En 1899 el profesor de física Pernet presentó al rectorado de la Universidad una queja por escrito, solicitando una reprimenda para el alumno Albert Einstein, ya que casi no asistía a sus clases y prefería solucionar los problemas que le planteaba a su “manera original”. La reprimenda le fue aplicada. Esa reprimenda fue recordada por el profesor Franz Tank en 1943, cuando comentó: “Albert Einstein dejó a todos sus profesores perplejos, al basar la electrodinámica en el principio de una audaz teoría que él llamó de la “relatividad”. Según él, se llega a las esferas de la más alta abstracción, y hoy en día sabemos que no hay ninguna fórmula matemática más adecuada para la electrodinámica que la fórmula de la relatividad…”
Cuando se graduó, recibió una carta de su familia comunicándole que ya no recibiría la pensión mensual de cien francos suizos, y que tendría que buscarse un empleo. Intentó ser un ayudante de profesor de física, pero nadie le quiso dar una oportunidad. Quizás porque era judío, por sus increíbles teorías, por su aspecto, o por todo a la vez. Contestó a un sinfín de anuncios y escribió a todas partes en busca de un puesto vacante.
Al final, pudo sustituir provisionalmente a un profesor de física que estaba enfermo, en una escuela técnica de la ciudad suiza de Winterthur. El primer día de clase, después del silencio, los alumnos empezaron a reírse y a tomarse a broma al recién llegado, por su aspecto, su peinado y sus modos. Empezaron a insultarle, a hacer ruidos y toser. Albert pareció no hacer caso de todo eso y empezó la clase. Empezó a dibujar ecuaciones, ilustrando con diagramas fáciles de entender los puntos más difíciles. Poco a poco el silencio fue volviendo al aula, y todos acabaron por prestarle una respetuosa atención. Cuando tiempo después regresó el profesor titular, los alumnos protestaron porque querían que él les siguiera dando clase. Pero Albert dijo:
“- ¡No puede ser, amigos míos! Yo sólo vine temporalmente. ¡Jamás le quitaré el puesto a nadie!” Nunca participaría en “la caza”.
Regresó a Zurich y siguió buscando trabajo. Fue entonces cuando pasó hambre de verdad, hasta el extremo de casi no poder sostenerse de pie. Nadie le confiaba ningún empleo. Llegó a pensar:
“- Quiero solamente lo más sencillo: la labor de un zapatero, para poder subsistir, y nada más. ¡Yo no necesito más! ¡Oh, Dios! ¡Cómo desearía que hubiese una isla en medio del espacio! Allí yo podría existir solo, sin encontrar necesidades corporales, y donde lo único importante fuera pensar… ¡Pensar!”
Enterado su amigo Marcel Grossman de su situación, consiguió concertar para él una entrevista con el director de la Oficina de Patentes de Berna. Le dio dinero para el viaje hasta esa ciudad, y le aconsejó:
“- Procura causarle buena impresión, Albert. ¡Por el amor de Dios!”
Cuando llegó ante el director, el Sr Haller, éste se sorprendió del aspecto ajado de su ropa, ya que estaba acostumbrado a que los otros aspirantes se presentaran casi en traje de etiqueta. Y le preguntó:
“- ¿Qué conoce Ud sobre patentes?
- ¡Absolutamente nada, señor! – Le respondió Albert.
- ¿Nada, nada…, nada, joven?
- Eso he dicho, señor Haller. ¡Nada!”
Desconcertado, el director le explicó en qué consistía:
“- Verá, doctor Einstein: cuando una persona pide la patente para su invento, envía a nuestra oficina un informe técnico sobre él. Normalmente añaden dibujos, planos y otras explicaciones. Por lo que nuestro trabajo consiste en examinar la solicitud, ver si el invento es digno de explotarse y luego redactar la solicitud en el lenguaje conveniente.
- ¿Sólo es eso, señor Haller?
- ¿Le parece poco?
- No, pero creo que podré desempeñar el empleo, señor.
- ¿Es usted ciudadano suizo?
- Sí, señor. Aunque nacionalizado, claro está. Y soy judío, señor Haller.”
Al señor Haller le gustó esa sinceridad y esa entereza del aspirante y decidió contratarle.
En su nuevo empleo, antes de una semana, Albert Einstein ya era capaz de terminar el trabajo normal de un día en dos o tres horas. Realizaba con absoluta competencia informes sobre los más complicados diseños. Sólo rechazaba los que eran tremendas estupideces, mientras que los que creía mejorables se afanaba por ayudar a completarlos, ya que respetaba el trabajo y las ideas de los hombres que le hacían llegar sus inventos. Pensaba que si podían mejorar la vida de sus semejantes, él debía contribuir a ello.
Aunque solía retrasar intencionadamente su trabajo para no ofender a sus compañeros, aún le quedaba tiempo para resolver problemas científicos de la Física, Astronomía, Mecánica Celeste y las diversas leyes que rigen el Universo. La Teoría de la Relatividad estaba naciendo…