Thomas Alva Edison (1847-1931), físico e inventor norteamericano. Su fabulosa capacidad creadora se manifestó en múltiples facetas: perfeccionamiento del telégrafo, invención del micrófono de carbón, con lo que posibilitó la aplicación práctica del teléfono, creación del fonógrafo, y presentación de la primera bombilla eléctrica, lo que le deparó un universal renombre. Tendió la primera línea de ferrocarril eléctrico, trabajó en fotografía, logró adelantos en cinematografía e instaló la primera central eléctrica. El llamado “mago de Menlo Park” registró más de mil patentes de inventos suyos, 54 de las cuales en España.
“Sam no comprendía a su hijo; le consideraba diferente a todos los Edison, que siempre se habían caracterizado por su robustez. ¿Cómo, si no, hubieran resistido tanto trasplante de un país a otro y tantas veces volver a empezar de la nada, talando árboles para abrir un agujero en el bosque donde levantar su casa y preparar tierras de labor? Sam se sentía orgulloso de sus ascendientes, y también se sentía orgulloso de él mismo. Pero el último brote de aquel recio tronco no parecía un verdadero Edison.
Thomas Alva tenía cabellos claros, hermosos ojos azules y un rostro redondo muy semejante al de su madre. Hasta aquí Sam nada tenía que objetar. Lo peor era que su constitución era visiblemente enfermiza; su cabeza era excesivamente grande, casi anormal, pero bien formada; los médicos llegaron a decir que temían sufriese alguna enfermedad cerebral.
Creció el niño tan débil, que no se le permitió asistir a la escuela en varios años, y cuando lo hizo, su aprovechamiento fue casi nulo. Cada vez se convencía más Sam de que aquel hijo le proporcionaría durante toda su vida graves motivos de disgusto.
Se ha dicho antes que no le comprendía, y era verdad. Parecía estar viviendo siempre en un mundo particular, el suyo propio, del que recibía leyes particulares. Admitía Sam que un niño ha de hacer de vez en cuando alguna pregunta, pero no que se pase el día interrogando a unos y a otros sobre todas las cosas que veía, como si no comprendiera ninguna. Temió que su hijo fuera tonto. Además, estudiando la conducta del pequeño, solía decir a su esposa:
- Te aseguro que tiene malas inclinaciones.
- ¿Cómo puedes decir eso de mi pequeño Thomas? – protestaba la madre.
- No soy yo sólo: nuestros vecinos también lo dicen. Nunca sacaremos ningún provecho de él. ¿Puedes adivinar lo que está pensando en un momento determinado? Yo, no. Carece de sentido común. No tendré más remedio que seguir usando el palo con él.
Eran corrientes en aquella época los castigos corporales aplicados a los niños, y Sam había usado en repetidas ocasiones de ese derecho. La curiosidad o las distracciones de Thomas Alva habían provocado percances más o menos graves, aunque el más sonado fue el del incendio del granero.
Encendió Thomas unas briznas de paja y las llamas se extendieron con rapidez. El chiquillo logró ponerse a salvo; pero si en ese momento se hubiese levantado un viento fuerte, habría ardido toda la ciudad. Al día siguiente Sam anunció a los vecinos que iba a castigar a su hijo en la plaza, y en medio de una nutrida concurrencia zurró al chiquillo para su escarmiento y advertencia de la gente menuda que les rodeaba.
Aquel episodio quedó grabado a fuego en la mente de Thomas, quien, muchos años después, solía relatarlo con salpicaduras de humor. Acaso date de entonces el resentimiento que pareció guardar contra su padre; muchas palabras de afecto dedicó en los últimos años a su madre, y ninguna a su padre. No hay duda de que vivieron muy distanciados el uno del otro. De entre las escasas palabras que Thomas Alva pronunció refiriéndose a ese particular, las más significativas son las siguientes:
- Mi padre opinaba que yo era un estúpido, y yo a veces sentía deseos de darle la razón, haciendo cosas estúpidas.
Sam Edison siempre aseguró que su hijo no tuvo infancia, al menos en el sentido que se entiende por tal. Quería decir que no jugaba como los demás niños, ni se reía, ni siquiera contaba con amigos. Su inclinación a construir cosas se manifestó desde su más temprana edad, y frecuentemente se le veía hacer caminos con los maderos que encontraba alrededor de los aserraderos.
También demostró poseer una prodigiosa memoria al aprenderse todas las canciones de los trabajadores del canal y de los aserraderos, y eso sin haber cumplido cinco años.
A veces se pasaba horas y horas dedicado a la minuciosa labor de copiar los letreros de las tiendas, y posiblemente a cosas como ésta se refería su padre al llamarle estúpido.
Y, siempre, sus preguntas aturdiendo a los miembros de la familia…
- ¿Adónde van esos carros?
- A California.
- ¿Dónde está California?
- Hacia el Oeste.
- ¿Y por qué va tanta gente en ellos?
- Son buscadores de oro.
- ¿Qué es oro?...
En cierta ocasión vio una oca sentada sobre unos huevos y quiso saber lo que estaba haciendo allí. Su madre, mucho más paciente que su esposo, se lo explicó, y, al día siguiente, Thomas desapareció de su casa. La familia le buscó por todas partes, sin resultado, cundiendo la alarma, pues sabían que del niño se podía esperar cualquier cosa. Su hermana Marion contaba así la anécdota:
- Por fin nuestro padre lo encontró en el corral de unos vecinos, puesto en cuclillas sobre un nido que él mismo se había construido, llenándolo con huevos de pata y de gallina. Como nuestra madre le había revelado el día anterior que la oca se colocaba sobre los huevos para calentarlos e incubarlos, él quiso hacer lo mismo, lo que no dejaba de ser conmovedor.
Lo que verdaderamente le movió a hacer aquello fue su afán investigador, el deseo de saber cosas y experimentarlas por sí mismo; el impulso que le llevó a inspeccionar el canal, que pasaba a unos doscientos pies de su casa, para ver de cerca aquellos vapores y aquellas barcas que lo recorrían; el resultado fue que se cayó al agua y tuvieron que sacarlo como a un pescado. Su ansia de ver le arrastró en otra ocasión al interior de un gran elevador, y nada faltó para que muriera aplastado; cuando fue extraído, su semblante seguía tan impasible como de costumbre.
Cuando contaba cinco o seis años intervino en un trágico suceso que dejó en él honda huella. El propio Edison lo refiere así:
- A mis cinco años vivía en Milán y mi padre era el más importante maderero de la ciudad. Cierto día me dirigí a un riachuelo de las afueras, en compañía de un amigo, con el propósito de nadar en un remanso. De pronto mi compañero desapareció bajo el agua, y yo permanecí esperándole durante mucho tiempo, pero no volvió a salir. Al oscurecer regresé a casa, pero no conté nada a mi familia. Por la noche me despertaron y me hicieron muchas preguntas sobre el otro chiquillo. Al parecer, habían estado buscándole durante toda la noche y descubrieron que había salido conmigo. Les conté lo que sabía, y salieron precipitadamente. Luego supe que lograron extraer del agua el cuerpo de mi pobre amigo.
Uno se pregunta porqué Thomas Alva Edison no dio la alarma a su debido tiempo, en vez de refugiarse en su cama guardando absoluto silencio. La razón, muy posiblemente, la encontremos en el miedo que tenía a su padre; es decir, a la clase de castigos que empleaba con él. Sencillamente, Thomas quiso ocultarle aquel motivo que le haría empuñar de nuevo la vara de los azotes.
Otro día, hallándose buscando el nido de un abejorro en la valla de un huerto, fue atacado por un carnero, que del primer golpe lo arrojó contra las tablas. Antes de recibir la segunda embestida, Thomas saltó la cerca y echó a correr hacia su casa, donde su madre, ya acostumbrada a aquella clase de accidentes, curó sus moraduras.
Nancy Edison fue para él una madre paciente y cariñosa, que cuando el maestro de su hijo llegó a decir que el niño era torpe, se indignó. Ella sabía muy bien que aquello no era cierto; que su hijo era inteligente, ingenioso y observador. En consecuencia, viendo que tanto Sam como el maestro y, en general, todo el mundo, no comprendían al chiquillo, Nancy resolvió educarlo por su cuenta, para cuya misión se hallaba perfectamente capacitada. Así, pues, Thomas Alva llegó a adquirir a edad temprana unos conocimientos superiores a los de los demás muchachos que frecuentaban la escuela. Bajo la suave influencia de su madre, no sólo obtuvo cultura, sino un hábito de estudio y un gusto literario que ya no le abandonó en el resto de su vida.
(…)
A poco de llegar a Port Huron, el pequeño Edison contrajo la escarlatina, y durante mucho tiempo no pudo ingresar en la escuela. Finalmente, en el otoño de 1855 empezó a asistir a las clases del reverendo G.B. Engle, quien, al parecer, sostenía la teoría de que “la letra con palo entra”, y su dulce esposa secundaba a su marido.
- No realicé ningún progreso en aquella escuela –manifestó posteriormente Edison–. Siempre ocupaba el último puesto en la clase. Observé que el matrimonio de maestros no me profesaba ninguna simpatía y que mi padre pensaba que estaba desperdiciando su dinero.
Allí recibió Thomas la única enseñanza regular de su vida, es decir, tres meses. Pero su madre estaba tan disgustada como él por los métodos que empleaban los Engle para enseñar; sabía que si su hijo no aprendía, era porque se utilizaba con él un sistema inadecuado; era como si el cerebro de su Tom necesitara comprender las cosas antes de aprenderlas; ella le conocía muy bien y sabía que era así; resultaba absurdo que le obligaran a aprender de memoria el alfabeto inglés o la aritmética.
El propio Edison lo confesó más tarde:
- Tener las cosas a la vista y experimentar con ellas era más eficaz que estudiarlas y tratar de aprenderlas de memoria sin saber nada de ellas.
Por estas razones, Nancy resolvió sacarle de aquel centro y seguir siendo ella misma su maestra, con gran satisfacción del esposo, el cual, según se ha llegado a saber, se negó a abonar los honorarios de aquellas clases que a su hijo no servían para nada. Hay que suponer que semejante decisión se debiera, principalmente, a una pasajera crisis monetaria. A este respecto existe una carta, escrita por aquel reverendo Engle treinta años después, al saber –sin duda con inmensa sorpresa– que su atrasado alumno había alcanzado cumbres brillantes:
Indianápolis, Ind.
13 de agosto de 1885. Apreciable señor:
No habrá olvidado seguramente que hace años, en Port Huron, recibió usted clases en la escuela que dirigíamos mi esposa y yo. Cuando su padre tuvo dificultades para liquidar la cuenta mensual, yo no se la exigí. En la actualidad tengo setenta y siete años y pertenezco al grupo de clérigos retirados. Enterado de que los ingresos de usted son considerables, me tomo la libertad de pedirle “una pequeña ayuda a préstamo”.
Su afectísimo,
REVERENDO G.B. ENGLE.
Edison le envió veinticinco dólares, cantidad excesiva considerando los pésimos recuerdos que guardaba de aquella escuela.
Al lado de su madre, Tom estudió con gran provecho y agrado. Prueba de sus grandes progresos y de la altura intelectual de aquella excelente mujer, la tenemos en que a los doce años el muchacho ya había leído la “Decadencia y destrucción del Imperio Romano”, de Gibbon; la “Historia de Inglaterra”, de Hume; la “Historia del Mundo”, de Sears; la “Anatomía de la Melancolía”, de Burton, y el “Diccionario de las Ciencias”. Ni él ni su maestra pudieron con los “Principia”, de Newton, pues esta obra matemática se hallaba demasiado elevada para sus conocimientos.
También le proporcionó Nancy libros de literatura y fantasía, como diversas obras de Shakespeare y Dickens, y “Los Cuentos del Sol, la Luna y las Estrellas”, de Peter Parley.
Nancy Edison se adelantó a los métodos pedagógicos modernos, y eso es lo que Tom salió ganando. Se limitó a inspirar, a guiar, dejando a su alumno casi completa libertad para elegir, permitiéndole seguir sus impulsos. Edison, como Faraday, nunca fue matemático; la única aritmética que usó fue la mental. Solía decir:
- En cualquier momento puedo alquilar matemáticos, pero ellos no pueden alquilarme a mí.
Observando a Tom, Nancy descubrió su marcada inclinación por la química, que perduró toda su vida. Ese fue el motivo de que le comprase un libro elemental: “Escuela de filosofía natural”, de R.C. Parker, en el que, a través de ilustraciones, se explicaban diversos experimentos científicos caseros.
- Yo tenía nueve años y aquél fue el primer libro de ciencia que leí –dijo Edison más tarde.
En aquella casa de Port Huron instaló el primero de sus laboratorios, comenzando sus experimentaciones a los once o doce años de edad. Agotó todas las pruebas a realizar en el libro de Parker, llenando de frascos el sótano de su casa, pegando en ellos un rótulo con la palabra Veneno, para que nadie los tocase. Todo el dinero que caía en sus manos lo empleaba en la compra en la farmacia de productos extraños, y en las chatarrerías, cables y metales de desperdicio.
Su único amigo por aquella época parece que fue un tal Michel Oates, mayor que él, a quien en cierta ocasión tomó como víctima de uno de sus experimentos.
- ¿Te gustaría volar? –le preguntó.
- No sé. Nunca se me ha ocurrido pensar en eso –le respondió Michel–. Sucede que no espero tener nunca alas.
- ¿Quién habla de alas? No sólo se puede volar con ellas. ¿Has oído hablar de los globos aerostáticos? Son muy grandes, no tienen alas… y vuelan.
- Pero yo no soy ningún globo de ésos.
- Porque tú no quieres.
Había tal seguridad en las palabras de Tom, que su amigo casi se vio obligado a decir que si alguien le proporcionaba los medios, a él no le importaría volar; quería decir que no tenía miedo. Aquello le perdió. En las manos de Tom apareció como por encanto un respetable paquete lleno de polvos de Seidlitz.
- Tómatelos –le animó Tom–. Dentro de unos minutos estarás volando.
Y el ingenuo Michel se tragó una gran cantidad de ellos. Esperaba Tom que los gases que se produjeran en su estómago le harían volar como un globo, pero el pobre Michel cayó al suelo, revolcándose de dolor. Llegó Nancy, y aquella vez tomó una vara para aplicar a su hijo un castigo ejemplar.
Es que Nancy Edison podía ser muy dulce y comprensiva, pero también severa, si la ocasión lo requería. A ella se debió el que Tom instalara su laboratorio en el sótano. En un principio lo tuvo en la vivienda, en su propio dormitorio, pero su madre se negó a que la habitación se convirtiera en algo parecido a una pocilga, y entonces fue cuando le hizo bajar todos los trastos al sótano.
- Mi madre compartía todas mis ideas –dijo en cierta ocasión Edison–, excepto cuando le ensuciaba la casa.
Se pasaba el día en el sótano, experimentando, sin salir a jugar con los demás muchachos. En ocasiones, desde el piso se oían explosiones, y Sam decía a su esposa:
- Cualquier día volamos todos.
- Así se entretiene y aprende –respondía Nancy–. ¿Cuándo te vas a convencer de que es un chico diferente a los demás?
Buena prueba de esta aseveración de su madre la tuvo ella misma cuando, una noche, se sintió enferma, con un fuerte dolor que no le permitía ni andar. Ausente su esposo, tuvo que recurrir a que Tom se dirigiera a avisar al doctor, quien inmediatamente se personó en la casa y, previo el reconocimiento necesario, diagnosticó una posible peritonitis que requería inmediata intervención quirúrgica. No era posible el traslado al Hospital, por la distancia que, por caminos difíciles, tendrían que recorrer a aquellas horas de la madrugada, con riesgo de no llegar a tiempo, y el doctor se decidió por operar en el propio domicilio de los Edison, para lo que, en el centro de la habitación más amplia de la casa, el comedor, dispuso una mesa y comenzó a preparar el correspondiente instrumental.
Sin embargo, un gran obstáculo, al parecer insalvable, hizo exclamar al doctor:
- Querido Tom: ¡no puedo operar! Este quinqué de petróleo no me proporciona la luz necesaria para que yo pueda actuar con las mínimas garantías de éxito. Tu madre está en un peligroso estado, pero no debo intervenir, ya que las condiciones en que me desenvuelvo me aconsejan no iniciar algo que no podré terminar satisfactoriamente.
La rápida apreciación de los problemas de ingenio, que siempre acompañó a Edison, le impulsó a decir al doctor:
- ¡Esto se puede resolver!
Y uniendo la acción a la palabra, fue recogiendo y encendiendo todos los quinqués que había en la casa, y colocándolos ante el gran espejo que tenía el armario del comedor, consiguió por reflexión una zona lo suficientemente iluminada sobre la mesa, que permitió al doctor iniciar y concluir felizmente su intervención.
Una hora y media después Nancy reposaba tranquilamente en su cama, como fruto de aquella absoluta confianza que siempre tuvo en su hijo Tom.
(…)
Como muchos jóvenes de su tiempo, Thomas soñaba con ser telegrafista y construir su propio aparato. A los once años se las ingenió para fabricarse su telégrafo casero, en el que practicó el sistema Morse. Se trataba de un instrumento tosco, hecho con trozos de hierro, pero funcionaba, y el muchacho se sintió muy satisfecho de él.”
Viendo Edison que el dinero no le alcanzaba, decidió poner dos puestos, uno de venta de las hortalizas que cultivaba desde los once años en un huerto y otro para vender periódicos a bordo del tren “Grand Trunk Railroad”. Como con el negocio se pasaba todo el día en el tren, consiguió permiso para instalar en un vagón su laboratorio (el primer laboratorio ambulante del que se tiene noticia) y continuar sus experimentos, además, en Detroit iba a su gran biblioteca pública a leer, y acabó leyéndosela entera.
Vendiendo periódicos, no tardó en preguntarse porqué no editaba él mismo su propio periódico. Compró una pequeña prensa y tipos móviles de imprenta, y en el mismo vagón-laboratorio editó el primer periódico que se hacía en un tren en marcha, el “Weekly Herald”. Todo esto a los quince años.
(Extraído del libro “Edison”, Editorial Vasco Americana, Bilbao, 1973. No consta el autor. Edición especial para las compañías eléctricas de Cataluña).